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La imaginación mundial de la protesta. Por Eamon Kircher-Allen y Anya Schiffrin
11.07.12 | NUEVA YORK – Cuando en la primavera pasada apareció un grafiti en una pared cerca del Ministerio de Interior de Túnez que decía así: “Gracias, Facebook”, no era sólo un elogio a una empresa de medios de comunicación social que había facilitado el levantamiento del país. Era también una celebración de la sensación de experiencia compartida que caracterizó la revolución tunecina… y las muchas otras protestas y revoluciones históricas que estallaron en 2011.

Como descubrimos al recopilar ensayos para nuestro nuevo libro From Cairo to Wall Street: Voices from the Global Spring (“De El Cairo a Wall Street. Voces de la primavera mundial”), una de las características definitorias de la nueva era de protesta es el deseo y la capacidad de conectarse… a través de barrios, ciudades, países e incluso continentes. En el país de cada uno de los autores, una nueva conciencia de destinos compartidos y de una comunidad mundial impregnaron los movimientos de protesta. La tecnología de los medios de comunicación social fue un instrumento que la impulsó, pero también lo fue la atribución de un nuevo significado al espacio público y la concepción de que una pluralidad de ideas es superior al dogma: de que el acto de colaboración es tan importante como el resultado.

Así, pues, no fueron simplemente revoluciones políticas. Fueron también revoluciones de ideas: la mundialización de la protesta como estrategia.

Desde luego, las reivindicaciones de los manifestantes varían en gran medida según las circunstancias locales (aunque existe una asombrosa coherencia en todas las regiones e incluso continentes en lo relativo a cuestiones como la vivienda, el desempleo, la desigualdad y la frustración de unos jóvenes que han estudiado con gran aplicación y no pueden encontrar puestos de trabajo). Al mismo tiempo, la filosofía del cambio mediante la acción de masas en colaboración y sin exclusión es común a casi todo los movimientos, que se fertilizan entre sí.

Pensemos en Túnez, donde Mouheb Ben Garoui, activista de 24 años de edad, escribe en nuestro libro sobre cómo compatriotas suyos de toda condición y sin filiación política concreta bajaron a la calle para ocupar plazas y pedir voz y voto sobre el futuro del país. Facebook ayudó, pero principalmente porque amplió y aceleró el proceso.

Como en otros países, el acto mismo de ocupar territorio significó mucho para los manifestantes. En las plazas tanto de Túnez como de Egipto, los manifestantes que se habían sentido marginados y aislados bajo regímenes represivos sintieron una inmensa alegría al descubrir que no estaban solos. Sentarse en una plaza pasó a ser algo más que un acto de desafío: en España y Grecia y en los movimientos Occupy (“Ocupar”) de los Estados Unidos y del Reino Unido, las zonas ocupadas pasaron a ser lugares en los que se podía practicar una nueva sociedad democrática, a veces mediante el largo proceso de asamblea general para la adopción de decisiones en grupo.

En Grecia y en España, los manifestantes nos dijeron que las historias de sus vecinos fueron una revelación. Los participantes se desahogaron hablando con extraños. Al sentarse en las plazas, los indignados de España se sintieron por primera vez conectados con los miembros de sus comunidades, sensación que contribuyó en gran medida a que permanecieran.

En nuestro libro, la historia del manifestante egipcio Jawad Nabulsi, de 29 años de edad, muestra cómo algunos activistas utilizaron la tecnología para movilizar al pueblo, Nabulsi, quien trabajaba para sociedades benéficas en el Alto Egipto que recaudaban dinero para proporcionar agua corriente y electricidad a los hogares pobres, escribió sobre cómo The Tipping Point de Malcom Gladwell y Good to Great de Jim Collins afectaron a su pensamiento sobre el cambio social.

“Había ido a pueblos y barrios de chabolas, vi la profundidad de los problemas en esos lugares y comprendí que no se podían solucionar. Me dije: “Son demasiado descomunales, es como tirar algo al mar”, escribe. Al leer a Gladwell y a Collins, Nabulsi comprendió que no tenía por qué cambiar todo el país, sino sólo “un círculo de protagonistas que podían tener influencia”, y que “necesitaba centrar[se] en los dirigentes de la comunidad y colaborar con ellos”. Empezó a crear grupos en Facebook para conectar a personas de la misma mentalidad.

Dichos grupos adquirieron vida propia. Al ver que había otros que sentían las mismas frustraciones, la gente empezó a sentir el deseo de hacer oír su voz en la plaza Tahrir y, como los españoles, redescubrió su comunidad. Las comunicaciones por satélite, Twitter y Facebook enviaron el mismo mensaje al mundo.

Los resultados políticos inmediatos de esa nueva conectividad son tenues. En Egipto, Túnez y Libia ha habido cambio de régimen, pero no está claro qué papel desempeñarán –si es que desempeñan alguno– los jóvenes revolucionarios idealistas en el futuro de sus países.

En Egipto, el poder del ejército está más concentrado ahora que durante el gobierno del ex Presidente Hosni Mubarak. En los Estados Unidos, las protestas de 2011 tendrán un efecto duradero sólo si los Occupiers (”Ocupantes”) siguen organizados y continúan con su labor de lucha contra los desahucios. Desde luego, no se sentirán motivados para apoyar la campaña de reelección del Presidente Barack Obama, si sus voces no son oídas en la casa Blanca, como lo fueron en el Zucotti Park y otros espacios públicos desde Oakland hasta Madison.

Pero, si bien los resultados de los movimientos son inciertos, es probable que la conectividad que crearon perdure. Como los manifestantes americanos citan a los egipcios y los españoles como inspiración directa, las comunidades en línea desde Siria hasta Europa se polinizan mutuamente y sigue habiendo una gran afluencia en las concentraciones, como las de del primero de mayo de 2012 en los EE.UU., está claro que el espíritu de la comunidad va a permanecer. Y, a escala mundial, está claro que, si los políticos no responden a las peticiones de equidad, libertad, un futuro más próspero y un gobierno que de verdad esté al servicio del pueblo, las protestas continuarán.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Eamon Kircher-Allen es investigador y editor en la Escuela de Administración de Empresas de Columbia. Anya Schiffrin es la directora del programa de medios de comunicación y comunicaciones de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Columbia. Son los compiladores de From Cairo to Wall Street: Voices from the Global Spring (“De El Cairo a Wall Street. Voces de la primavera mundial”).

Copyright: Project Syndicate, 2012.
www.project-syndicate.org

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